domingo, 18 de noviembre de 2012

Cartas al Director: La gestión de "los Chopera"



A propósito de los últimos acontecimientos protagonizados por la casa Chopera, especialmente la petición de reducción de festejos en Málaga al 50%, un aficionado almeriense ha pinchado en el sobrecito verde que verá en la parte superior de la web, para hacernos llegar su opinión. Mil gracias.




Vaya que si hay que poner las barbas a remojar. ¿Pero es que no las teníamos a remojo ya? Al final nos pilla el toro y si no al tiempo. La feria (taurina) de Almería está herida de muerte al menos en su configuración actual, lo cual no me parece ni malo ni preocupante. Lo que me parece malo y preocupante es que quienes tengan que sacarla de la UCI sean los mismos que la han metido. Que pasen estas cosas, que se toque fondo o, si no se ha tocado aún, se empiece a ver a mí me encantan porque toca renovarse (o morir). Lo malo es cuando el capitán de la nave aprendió a navegar con Francesco Schettino (el del Costa Concordia, vamos). Eso ya sí que me da miedo y a la casa Chopera no dudo que la adornarán virtudes pero no sabe aún en qué momento vive y eso es un grandísimo defecto.

Claro que yo también soy feliz en el pasado pero para eso me tapo, cierro los ojos y durante ocho horas vivo en un mundo que no es de este mundo pero las otras 16 horas toca poner los pies en el suelo; más que nada porque si no no puedes ir a ningún sitio. Y Chopera anda anclado a un modelo que dejó de funcionar hará como 25 años y así no se puede ir a ningún sitio. Los toros tienen cosas inamovibles como torear con capotes en vez de con toallas pero en cuanto a la gestión/comercialización de la fiesta hay modelos más que superados y todo lo que no sea verlo no es que sea pan para hoy y hambre para mañana: es que, como estamos viendo, son migajas para hoy. Que Chopera crea que estar en el mundo es abrir blogs es de estar muy perdido. Es de ir a ver una película eslovaca en versión original sin subtítulos de las que ponen en el cine forum en el Apolo.

Es lo que hablamos y le leí el otro día en la Carioca, cuando lo de las 'antitaurinadas'. Con el agravante de que su fiesta es algo de muy difícil disfrute sin el empresario. No es como a los que nos gusta el flamenco que si la oferta de recitales nos parece cara (peña el Taranto) o mal planteada (festival de la Feria) siempre puedes acudir a algún sitio accesible o recurrir directamente al que lo produce y ver la manera de disfrutar si llegas a un entendimiento económico o es amigo para que vaya a tu casa. Los toros no. Un aficionado no puede ir (ojalá pudiera) a una ganadería, comprar seis toros, 6 y luego buscar a varios matadores que vayan tal día a la plaza porque ni tiene dinero para comprar los toros, ni dinero para contratar a los matadores ni dinero para alquilar la plaza. Y a falta de plaza no es algo que uno pueda sustituir con un rincón del salón de su casa.

El aficionado a los toros necesita al empresario. Precisamente esa necesidad lo coloca en una posición preminente que hace, entre otras cosas, que dirija el negocio como le sale de los cojones lo que se resume en trincar el máximo posible exponiendo lo menos posible. Algo así como el que tala árboles en el Amazonas porque hay muchos pero sin preocuparse de replantar. Muy bien, a ese 'genio' de la industria maderera no le faltará ni dinero ni materia prima por lo que no pasará hambre. Eso sí, su hijo se comerá los mocos.

Pues ese, poco más o menos, es el panorama que todos los Choperas de España están dejando a sus herederos. Que ya ve usted a mí lo que me importarán los hijos (si es que tiene) de ese hombre. A mí lo que me apena es el indio de la tribu que se queda sin hábitat, sin aldea, sin comida y sin dinero. Algo así como el aficionado se está quedando sin lo que le gusta con el agravante de que es el propio aficionado el que está contribuyendo. Acudiendo a las plazas en las condiciones leoninas en que acude (porque no le queda más remedio si quiere seguir disfrutando de lo que le gusta) fomenta un sistema abocado al fracaso, superado como le decía hace lo menos 25 años y, claro, el empresario no ve necesidad de bajar los precios porque eso supondría ganar menos. Y, además, qué coño, si el aficionado tiene unas tragaderas asombrosas: si paga lo que le pidan (lógico, por otra parte: si no no sería aficionado). Pues nada, vamos a seguir cobrando un dineral por lo que no lo vale y para no poner en riesgo el capital que está la cosa muy mala con esto de la crisis, vamos a reducir festejos. Total, ¿al aficionado lo que le gustaba no era ir a los toros? Pues va a poder seguir yendo.

Y el mal irá en aumento, cada año mucho más. ¿Y sabe qué le digo? Que después de todo eso, después de ver que los toreros/ganaderos han conseguido domesticar una raza brava y después de ver que la técnica que dominan y que es buena pero que desnaturaliza el combate, yo si voy a los toros voy a novilladas como las de Canal Sur o a clases prácticas donde: a) los precios son normales, b) los toros/novillos no se ajustarán a los cánones posmodernos y cómodos establecidos por las figuras y los ganderos que alteran genéticamente lo que sea con tal de darle salida y colocarlo pero precisamente por eso son más naturales (por imprevistos) que los que sueltan en las grandes ferias y; c) los toreros/novilleros que empiezan carecen de la técnica de los consagrados lo que naturaliza el enfrentamiento. En una palabra: hay emoción.


P.S. Eso de la emoción se lo he escuchado a usted siempre como madre del cordero o, en este caso, del novillo.

J.R.S.