miércoles, 26 de agosto de 2015

De la tarde en la que abundó el azul, los trofeos y la afición


El tiempo es de tarde con sol y un poniente con papelitos útiles a la altura del 3. La plaza está llena y los corrales repletos de novillos de Esteban Isidro con su alegre divisa y su trote salmantino para (por este orden): Juan Carlos Benítez (Málaga), Sergio Roldán (Almería), Fran Ferrer (Murcia), José Magaña (Almería), Antonio Catalán (Salamanca) y Juanito Silva (Badajoz). Preside Ana Martínez Labella, concejala de Fiestas mayores con flor en el pelo y soledad en el palco. No se sabe las costumbres del lugar, pero se deja asesorar. Desde abajo la mira con disimulada benevolencia (espero) Benjamín Hernández, ese presidente de elegantes formas e indisimulada estética al que es imposible desligarle el segundo apellido. Toma, anda, parece parecer que piensa, mientras Labella arriba, detrás del terciopelo insípido, se sienta y sonríe y da comienzo al trasiego de pañuelos. Abajo, trasiego típico por el callejón y una cola de afición ruidosa y alegre por la puerta de sombra, la de la calle Calvario, por la que los días de abono entra la gente de bien, pero a la que hoy se le nota en todo la gratuidad al festejo. Hay unas ganas de toros enormes, si no de qué esas colas y esa antelación de quinceañera y cantante de moda. Esto está vivo, hay un gusanillo de toda la vida, un veneno de círculos concéntricos y cagajones que los que no entienden son incapaces de respetar. En el callejón abrazos y besos y sonrisas preciosas, amistades como cromos en el álbum de una vida que contemplamos todos con envidia desde los tendidos. Allí, abajo, entre los fantasmas sobre cuyas espaldas me encantaría mear desde mi localidad de barrera, están los hombres y los niños, mirándose todos entre el amor y el odio que va cabiendo en las apreturas de los burladeros porque los muchachos oyen hablar de los que no están pero aún conocen a más que todavía no se han ido. Todos se respetan en los alrededores de la fiesta, se alegran en la lidia, se envidian en el triunfo y se quieren en la herida. Y todo eso en un modo elegante como de traje de los domingos. En esas ando perdido, entre neveras y una devoción que allí casi nadie sabría explicar, pero por la que todos se santiguan al romano modo de venerar la vida cuando se inicia el paseíllo. 

Desde Málaga llega Juan Carlos Benítez con sus manos grandes como las que Arteaga le hizo a la Cena que hay en San Pedro y una sonrisa de familia y esos ojillos chiquitillos, oscuros, bajo el peso de una cejas personales y el azul añil de un traje que no le llega entero al final de la faena. Antes recibe al novillo de Esteban Isidro que va marcado con un enorme cinco y un enorme cero con unas verónicas algo apresuradas. Sergio Roldán, de la tierra, se aplaca los nervios del burladero al albero y se termina de quedar mejor con un quite sin petos a lo lejos por gaoneras apretadas y una media un tanto brusca. Con las banderillas le sigue Benítez con un par primero fallido, después desprendido, el segundo aplaudido y el tercero malo, que él lo tiene que saber porque se trae al callejón cara de circunstancia. Coge los trastos, que es como creo que los que de esto no saben mucho, pero lo quieren parecer, llaman a la muleta. Se la lleva, la monta con la izquierda mientras la sujeta con la derecha y va sacando al animal desde el tercio. Hace un vientecillo feo y el novillo le pisa la muleta que suena con eco como sonaban los pantalones que se les rompían a los niños antes del 18 de julio y se le seguían rompiendo después. Benítez le grita toro, toro, toro al novillo mientras intercala vistazos al callejón. El novillo, por cierto, tiene tan poca plasticidad por aquello de las banderillas que le afean, que ni López Canito, oye, pero por el pitón derecho embiste bien. Por el otro entra dócil, aunque con unos arreones que van afeando la deslavazada faena del malagueño. La tensión va yéndose, que eso se nota, aunque hay mérito (algo) en la mano izquierda. Reaparece la confianza, el público entiende a lo que estamos hoy y es magnánimo de más, que eso en Almería es como se suele ser. Así que todos empezamos a disfrutar, tendidos, grada, la castigada andanada y Benítez abajo. Entonces llega el revolcón, una caída fea y uno o dos pisotones, la cabeza, la conmoción, el camino a la enfermería y el trago amargo para Roldán que tiene que salir a matar al animal. La espada se le queda un poco de aquella manera, sale escupida y el novillo se va muriendo, otro pinchazo, murmullos, otro, Chopera en el callejón y Benítez reaparece desarmado, orgulloso desde la enfermería, la plaza en pie, el pantalón roto y el chaleco elegante. Como si nada, él sigue toreando a su animal, al que entra a matar a su segunda intentona con una estocada hasta la bola. Se lleva una oreja que no se merecerá el día que sea matador, pero hoy pues sí. Termina, en detalle, cuando lo tengo cerca, con la camisa blanca chorreando, el sudor del trabajo, los nervios, el susto, la humedad, el calor, todo o parte y la sangre fresca y brillante. Da la vuelta al ruedo con unas ramas de romero. 

Ameniza la espera el tiro de mulillas inexpertas o resabiadas, que no se sabe que es peor, y los jornaleros del arrastre que están para eso. Se dilata el proceso, se alarga el festejo y las tres mulas que no se quieren ir. O se quieren, pero no arrastrando del novillo. Normal. A la plaza no se viene a trabajar. Eso sólo es para Góngora de primero y Carreño de segundo que aprovecha para ofrecer sus latas y poco más. ¿Qué es eso de trabajar en los toros? O pagar. Anda ya. 

Sergio Roldán estrena traje, me dicen. Verde, veo. Esperanza leo. Le toca un novillo bizco, con el morrillo alto y la cara simpática. Va marcado con el cinco y el dos y es despachado con unas verónicas y una media a las que tampoco la gente es que les haya prestado mucha atención. El quite, deslucido, lo hace Fran Ferrer con un capote azul. Aplausos tímidos. Rosa/plata pone un buen par por el derecho, azul/plata pésimo en el primer intento del suyo mejora a la segunda y suenan los clarines. Que lo hacen, por cierto, a disco de la Deutsche Grammophon, así como te lo digo. Roldán aprovecha, brinda lo que está por venir al público de su ciudad y piensa: capote 0, a ver si muleta uno o dos goles. Se dobla, tanto que se sacrifica en centímetros con la izquierda, se cruza, le grita al novillo, se pone en torero y despacha al animal con solvencia y naturales profundos que van llegándole a la gente. Pero el toro comienza a aburrírsele a Roldán y se le va como te da puerta una chati en el bar cuando hay una evidente desproporción entre las copas que se ha tomado uno y las que lleva ella. Se le va al 6 y Roldán que va detrás a matarlo con el revolcón evitado. En el 7 le abusa la faena aunque, bueno, con el acero en la mano que ya va haciéndole falta a la tarde y lo mata donde el burladero de los areneros. Para el preciso, entre el de los mulilleros y el de los areneros, pero el toro se amorra en el 5. A Roldán no le queda otra que sacar la espada que está entera dentro como entero está el novillo. El repertorio que sigue es el clásico: un aviso, al tercer descabello acierto, un apéndice a Labella que le pide la gente y Labella dos que le regala. En el arrastre ya no sale la mula resabiada. 

Fran Ferrer, no sé si de tabaco y oro o siena, recibe al tercero de la tarde con un intento de verónicas de las que se le ven a Morante por la tele. Lleva un ocho y un cero en el costillar y José Magaña le dispensa unas chicuelinas para el quite que deja con torería y remata con una media. El novillo llega a la muleta con un único par puesto y Ferrer no usa gomina. Mientras torea con la derecha me fijo en su mano izquierda, abierta, con los dedos estirados entre brincos del novillo delgadito, joven y mozuelo de Esteban Isidro. Y pienso como los poetas del XIX en unas cosas mientras veían otras. Ferrer torea mucho esta tarde con la derecha. No sé si es cosa de la tarde, que se ha puesto así, o qué, pero el caso es que me fijo en eso, en que torea mucho con la derecha y en que abre la mano izquierda con tensión de escultura de Bernini y queda muy bello todo. A todo esto Ferrer no para de darle muletazos intrascendentes al novillo así como entre un abanicarlo y un marear la perdiz que aburre. El murmullo va yendo a más y cae media estocada sin efecto que cae, tertulia de plata en el tercio, otro pinchazo y un aviso así que Ferrer se lleva al animal del tendido 2 al 6. Pero allí tampoco lo mata. Se le carga la postura de vergüenza torera en la espera y al cuarto asalto le entra la espada que mata y remata al animal con efectividad pasmosa, pero es tan tímida la petición de la grada que hasta Labella parece estoica. Pero hasta ella sabe que no le hace falta. 

A José Magaña, de azul rey y oro, le sale un novillo colorao, que es como los viejos que tengo alrededor le dicen a los toros que son como marrones o rojos. De primeras no lo veo. Me pilla la cosa en los urinarios, que hay cola y presencio la historia de España compendiada en la cola para mear. A resultas del asunto y el trasunto que hay bajo la grada, los hombres allí antiguos unos, jóvenes otros, niños bastantes, educados un par, peligrosos cuatro y procaces los más aguardando para accionar el mecanismo de miccionar, hay un varón de polo falso de señorito como de tener tierras pero, como mucho, en el riñón que saca un carnet, espeta preferencia y se cuela. A mí eso me retrasa continuar abocetando en mi Moleskine la tarde, pero me encantó por aquello de compendiar en un instante, en apenas unos sucios metros cuadrados la realidad de España desde Felipe II o antes. Cuando llego, Juan Antonio Barrios está haciendo su trabajo social, el de las crónicas que interesan en el vomitorio, grabando la aplaudida faena de Magaña que, cuando llego, como digo, torea con la izquierda. Magaña tiene una cara angulosa de esas que lo mismo le valen a Madonna para un vídeo que a Urtain para batirse y la cosa no debe andar muy desencaminada porque la brega es como una película de William Keighley. Primero el novillo, que no se para y le da a Magaña una guerra terrible. Le afea los intentos. Mi cuñado dice que va todo descompasado, pero a mí me parece mucho más esclarecedor advertir al que no fue y recordar al que sí, que el novillo embiste a la italiana, que no es más que traspasarle las miserias al otro, al rival, al oponente. Magaña no para de arreglar los trastos y lo despacha antiguo, con oficio, pero al trincherazo en el 1 le sigue un paletazo directo a la mandíbula efectivo como un crochet de esos que te tumban en la lona. Venga sustos. Ahora en el 8, que al entrar a matar no se sabe quién va a por quién. Todo es un tanto épico o peligroso, o temerario, pero finalmente la victoria se la lleva el bueno de la película que a casa se lleva también dos orejas y un niño en brazos. 

Antonio Catalán trae de Salamanca un traje añil y oro. El quite le sucede con Juanito Silva que lo termina por chicuelinas con el dedo índice apuntando al cielo. Morado/plata planta un par de banderillas coloreadas como con nuestra cruz de San Jorge algo retrasadas, pero asomadas. Olivencia pone uno bueno, se cae y se lleva a casa una paliza. Hay cola en la enfermería como en la oficina del INEM de la calle San Lorenzo adonde llega con la ceja izquierda abierta como las carnes de la madre de un torero. A Catalán, mientras, toreando con la mano derecha le empieza a brillar el oro de los alamares. Mi suegro lo disfruta. Me señala el temple. Yo le aprecio la inquietud, en cambio. El novillo lo coge, pero menos mal que Catalán sabe quedarse quieto mientras la cuadrilla cruza el puente de Rioja. Mientras tanto en mi rededor se sigue abundando en el temple, se dice ya que es lo mejor de la tarde y las latas de caviar empiezan a llegar de Rusia. Y a esto que lo mejor de la tarde llega de verdad con la mano izquierda, rematando una serie que aún sin terminar ha sido, es y será lo mejor del día. El novillo se huele el percal y descubre el cartón y la trampa. Dos o tres veces, vamos, así que toca ya coger el sable de acero cual caballero e irse directo a él. Un aviso y el toro cae con rotundidad teatral y un puntito de histrionismo. Así adorna la despedida, que se le ve alejarse a Manolo Bretones con dos apéndices. 

Por último, Juanito Silva, de rosa y oro, de Badajoz y con oficio, con buenos consejos desde las tablas y con una serie en redondo con el flequillo simpático y un novillo despistado que sale paseando mirando a los tendidos. Silva, de rodillas, exprime lo último que le queda a un animal entrañable que ha venido de turisteo. La gente le dice que lo mate y le llevan los artefactos al 6, luego al 7 y él se lleva un susto. La faena se dilata como los chicles cuando los llevas tres horas en la boca. Silva entra dos veces a matar, bien, pero mal. La tercera parece mejor y el toro se vuelve a morir al 6 entre olor a purillos y saltos de Juanito Silva. Dos orejas también para él. Ha sido de lo mejor de una tarde que no ha sido mala, unos animales que han ayudado bastante aunque mañana ya nadie se acuerde de ellos y que han servido para entretener a la afición y darle de beber al sediento. Los chavales con huevos más grandes que el caballo del Espartero salen algunos a hombros, otros andando, más hombres, más toreros, más sabidos, más expertos, más versados que entraron. De eso se trataba. De eso ha ido todo. 

José Ramón Suárez Ortiz