lunes, 18 de septiembre de 2017

Rafaelillo y Miura...


Cuando uno compra una entrada para ver una corrida de Miura sabe que va a ver otra cosa. Puede que salgan duros y correosos, puede que tengan poder en el caballo, puede que se dejen dar algunos muletazos en las muletas de los diestros... o puede que no. Lo que no verá seguro quien compra una entrada para una corrida de Miura son seis toros claudicantes con la boca abierta. Verá quien vaya miradas amenazantes, actitudes altivas, toros ásperos, y no verá embestidas toreables ni otros sinonimos de falta de casta y bravura. Porque la bravura, lo que debe tener un toro, es capacidad de lucha. El toro que no defiende su vida no es bravo, aunque sea capaz de estar horas corriendo tras las telas.

Además, la inteligencia del empresario, que anunció a pocos minutos de Murcia a los dos toreros que se habían quedado fuera de la feria, con esa corrida, hizo que la plaza registrara una entrada envidiable (seguramente) en cualquier tarde de la feria de la capital.

En Cehegin una corrida de Miura puso de manifiesto la capacidad lidiadora de Rafaelillo, que entendió los tres toros que le tocaron en suerte, especialmente el castaño, segundo de su lote, con gran calidad en la embestida. Hubo un pequeño conato de pedirle la vuelta al ruedo al toro, no habría sido injusta. Cortó tres orejas, que es lo de menos, tras la lección de torería que dejó.

Antonio Puerta, que el pasado año estuvo bien con una corrida de Victorino que le hirió, pegó un sonoro petardo con la de Zahariche. Salió derrotado ya del hotel, y se notó en todo momento.