miércoles, 11 de septiembre de 2019

Cabrera sin suerte en su primer compromiso en Las Ventas



Hace unos días, tras pasar el importante compromiso de José Cabrera en Las Ventas, LA VOZ DE ALMERÍA publicaba:

Las Ventas no es una plaza de toros. Ni por asomo. Las Ventas es un sueño, una ilusión, una quimera que solo vive en la esperanza de los toreros. Un umbral que se convierte en el más exigente examen que se pueda encarar, con el más duro de los examinadores sentado en su tarima del tendido 7, atento y celoso guardián de la ortodoxia taurina.

Las ventas es una entrada al inframundo de los olvidados y es a la vez una escalera al cielo de los héroes triunfadores, que se convierte en el trigésimo trabajo de Hércules, que tras domar al toro de Creta y robar el ganado de Gerión, ahora impone la inmolación en la arena chulapa de Madrid. Las Ventas es el cielo y el infierno. 

Hasta allí llegó un almeriense, el novillero José Cabrera, dispuesto a medir sus fuerzas con el exigente público y más exigente toro de Madrid. Como es Cabrera, rompió los estándares desde mucho antes del paseíllo. Se olvidó del famoso Hotel Wellington y de las típicas comidas solitarias en las habitaciones de los toreros para vestirse en un hotel sin tradición taurina y comer con su cuadrilla en El César, un bar taurino situado frente por frente con la puerta grande más soñada del mundo.

Al llegar a la plaza veinte minutos antes del comienzo del festejo una gran cantidad de almerienses le esperaban en la puerta de acceso al coso. Abrazos y ‘suerte maestros’ se repitieron muchas veces con el torero viatoreño.

Comenzó el festejo a las siete en punto. Por toriles salió un encierro serio y bien presentado de la divisa aragonesa de Los Maños, procedencia Santa Coloma. La corrida salió al ruedo pidiendo papeles. 

La bravura de verdad requiere firmeza y mando, enganchar los toros y someterlos. Dentro de la dificultad el almeriense sorteó el peor lote. El primero, un cárdeno muy claro se paró después del mal puyazo que se le propinó. En banderillas esperó mucho al torero, cortando el viaje, y Cabrera tuvo que banderillearlo en dos ocasiones al violín para aprovechar el corto viaje del animal.

Con la muleta no cambió el comportamiento del animal, reservón y esperando tras la mata. Cabrera lo intentó principalmente por el pitón derecho, resultando finalmente que el izquierdo era el más potable del animal, con algo más de recorrido y humillación. Con la espada no acertó el almeriense y lo mató de media estocada tras dos pinchazos. El tendido valoró su primera actuación con un silencio. Abrir tarde en Madrid no es fácil, y con un novillo tan agarrado al suelo todo se puso muy cuesta arriba.

Traspasado ya el ecuador del festejo saltó al ruedo el segundo del lote de Cabrera. Un toro negro, cornidelantero, más alto que el anterior y con mucho carbón en la caldera. 

Lo paró con la capa el torero y lo condujo al peto donde le propinaron un castigo desmedido y mal ejecutado, agravándose las dificultades del animal. El siempre expresivo público del tendido siete le hizo saber al picador que los tres puyazos no fueron de su agrado.

Lo banderilleó el almeriense sin apreturas y lo paró doblándose con él para intentar atemperar la embestida del toro santacolomeño.

Ya en la muleta fue un toro complicado que embestía vencido y cogiendo los adentros de la muleta, no dejando que el torero almeriense se relajara en ningún momento. Lo intentó por ambos pitones y sin posibilidad de triunfo tuvo que dirigirse al callejón a cambiar la ayuda por la espada.

Con la mayor eficacia con la que fue capaz acabó Cabrera con la vida del segundo novillo de su lote y su actuación fue nuevamente silenciada.

Cabizbajos los muchos almerienses que se desplazaron a las Ventas volvieron a sus hogares, en una expedición que se prolongó hasta las tantas de la madrugada. El resultado no fue el esperado, pero todos contribuyeron, junto a José Cabrera, a escribir una página más del toreo almeriense.